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La escaramuza

La muerte de Eva y la Suiza de Evo

La muerte de Eva y la Suiza de Evo
La muerte, se ha dicho, es el acto más democrático de la existencia humana, afecta a todos por igual, más allá de las posiciones sociales, las cuotas de poder, la fortuna o la miseria. Es tan democrática que posee el indescriptible atributo de develar la condición humana con todas sus grandezas y miserias juntas, pero cuando se produce una muerte por inanición su condición democrática se torna subversiva. 

Cuando los medios y las redes nos hicieron saber que una niña había muerto de hambre y que el resto de su familia iba camino al final de su existencia por la simple razón de no tener qué llevarse a la boca, sentimos que los grandes discursos se desploman como un castillo de naipes, que las ambiciones de poder no son más que un atributo de la insensibilidad humana, que todos los grandes proyectos y las inconmensurables ambiciones del hombre en un país empobrecido finalmente se resumen a un silencioso grito de impotencia, que de nada sirven los bramidos victoriosos para los que desde la humildad de sus vidas tienen que resignarse a morirse de hambre.

Nos hemos acostumbrado a pensar el país y nuestra existencia sumergidos en los grandes discursos, en las proyecciones fabulosos, en un maremágnum de indicadores imbatibles, en el pragmatismo de una arrolladora realidad que lo nubla todo, y hemos olvidado que detrás de estos acontecimientos se mueven los pequeños discursos de la gente común, aquellos gemidos como los del joven que no pudo financiar la sobrevivencia de la hermana y observa impotente la agonía de sus padres. Cuando la muerte, nacida de las entrañas de la miseria, la inequidad, la injusticia y la indiferencia arrogante  de la que hacemos gala ronda el perímetro de nuestros hogares, sólo sentimos la estrepitosa caída de las ideologías, el final de una historia y el nacimiento de la furia.

Quizás todo este campo de batalla en que nos enfrentamos oficialistas y opositores, los de izquierda y los de derecha, los revolucionarios y los conservadores no sea más que un hábil subterfugio de la pequeñez humana incapaz de reconocer la realidad abrumadora que se expresa en una muerte inútil. Una expresión de la ignominia humana en el esplendor de su apogeo tecnológico y científico, en el cenit de su grandeza. Una falacia hecha discursos de poder.

Si nos dejáramos de mentir y por un sólo momento reconocemos las cosas como realmente están, y como realmente son, quizás Eva no hubiera muerto, probablemente hubiéramos reconocido ese riesgo inminente y no lo hubiéramos obviado, quizás una cuota de honestidad para con el pueblo y nuestras propias conciencias evitarían este tipo de finales atroces.

La dramática imagen de un sepelio en el que el hermano mayor acompaña el cadáver de la hermana muerta de inanición en la soledad de su abandono no puede pasar desapercibida. No se trata de asumir una posición lastimera, se trata de asumir la contundencia de la miseria en un país que se ha dedicado a construir una imagen falseada de su realidad. 

En la Suiza de la que nos hablan no tendrían cabida estos dramas cotidianos. Como esa muerte no es neoliberal, ni pluri, ni de derecha o de izquierda, lo único que cabe es reconocer que no somos Suiza y que la mitad de lo que se dice se desploma frente al cadáver de una niña que se murió de hambre.

Renzo Abruzzese es sociólogo.
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