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La escaramuza

Siria: lo humano y lo político

Siria: lo humano y lo político
Cuando uno se pone a indagar sobre la ideología en estos tiempos, encuentra que las definiciones nutridas de un poder de convocatoria inapelable, como aquellas que sacudieron el mundo desde finales del siglo XIX y prácticamente todo el siglo XX, han perdido capacidad de convocatoria. Hubo un tiempo en que las pasiones humanas para ser "ciertas” tenían que pasar por el cedazo de la ideología. El resultado era asombroso, todo cambiaba: la manera de pensar, la manera de vestir, el amor, la moda, las pasiones, el miedo, la muerte. La ideología lo teñía y transformaba todo.

Para entonces los actos políticos sólo se interpretaban por efecto directo de las ideologías. Si un gobierno o cualquier institución socialmente reconocida desplegaban una actividad determinada, el juicio de valor que se adoptaba como parámetro de la razón nacía del conjunto de preceptos ideológicos válidos para ese sujeto. La eliminación del "enemigo” no se sometía a juicios morales.

Las cosas han cambiado. El ocaso de las ideologías y la naturaleza global de la sociedad actual ha debilitado el poderoso influjo ideológico. La derecha y la izquierda han perdido especificidad, y las doctrinas que les correspondían se entrecruzan de forma caótica, al punto que un postulado propio de la derecha resulta ser el baluarte de la izquierda y viceversa.  El espacio de significación de conceptos y categorías ha sido progresivamente copado por un sistema de códigos que afincan en la naturaleza humana más allá de su color ideológico. 

La política se ha centrado en los derechos humanos, en sus necesidades cotidianas y ha abandonado los sistemas ideológicos del siglo XX.  Ya no juzgamos un ataque con armas químicas por referencia a su origen político. No interesa si el genocidio lo ejecutó algo llamado izquierda o algo llamado derecha, un tirano como Bashar Al Assad, o un presidente como Donald  Trump, cualquiera de los dos sufrirá las consecuencias por una acción juzgada como inhumana, contraria a la naturaleza humana si hiere el espíritu de la humanidad.

Las mutaciones en este orden de cosas afectó directamente la estructura geopolítica del planeta.
 
Las grandes decisiones en términos de política internacional ya no son  ideológicas, se inscriben en el orden de lo humano. Apoyar o rechazar un régimen como el de Al Assad sólo porque se inscribe en un estilo de gobierno no suma una cuota de identidad ideológica a ningún bando, lo único que muestra son los remanentes de una  concepción hace décadas rebasada por la historia. 

En pocas palabras, no se puede ser de izquierda por apoyar un dictador, tanto como no se puede ser de derecha por apoyar al que lo combate. La disputa está centrada en otra esfera, ambos pueden ser juzgados por violentar las leyes (incluso no escritas) de la convivencia humana, el respeto a la vida de los ciudadanos, a su libertad o sus derechos ciudadanos.

Desde esta perspectiva, apoyar dictadores, como Maduro en América Latina o como Al Assad,  en la seguridad de que con ello se conserva una identidad ideológica es sólo un espejismo que la sociedad contemporánea ya no metaboliza. Fuese cual fuese la razón de fondo, resulta repelente, por decir lo menos, y equivocado sin lugar a dudas.

Al mismo tiempo, no se puede aceptar que una potencia se atribuya la tutela del mundo por el mero poder que posee; sin embargo, si nos ponemos en los zapatos de los padres que vieron morir a sus pequeños niños, tras un sufrimiento espantoso producto del gas sarín, desde el punto de vista humano Trump es un bienhechor y Assad un criminal. Esta ambivalencia nace de la humanidad de lo humano y no de la hipocresía de las ideologías, en consecuencia ya no interesa si el primero es de derecha y el segundo de izquierda, ambos deben medirse en el horizonte de la vida humana. 

El drama sirio devela la confusión universal de los conceptos y en su desmoronamiento, los errores humanos, el poder de los intereses, la mediocridad de la vida moderna y, quizás, el fin de la política o tal vez su renacimiento.

Renzo Abruzzese  es sociólogo.
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