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Entre ceja y ceja

Identidad de género

Identidad de género
¿Tienen las personas el derecho de establecer su identidad de género y, a partir de allí, acceder a todos los derechos que la ley les concede? Definitivamente sí. Ahora así lo establece la legislación boliviana, en un salto cualitativo en la perenne lucha por los derechos civiles en la que estamos enfrascados. No es sólo una buena noticia para aquellos sectores de activistas que promovieron durante años esta norma, sino para el conjunto de la sociedad. A partir de la promulgación de la Ley de Identidad de Género, el 21 de mayo pasado, nuestra comunidad es más democrática, más incluyente y más progresista.

 La transexualidad existió desde los albores de la humanidad, pero es recién en nuestro siglo que es aceptada con naturalidad. Hombres encarcelados en cuerpos de mujeres y mujeres prisioneras en cuerpos de varones fueron reflejados en el arte y la literatura, casi siempre como gritos desgarradores de denuncia en contra de sociedades intolerantes y discriminatorias que, por ignorancia o prejuicio, cometieron tenebrosas agresiones en detrimento de la comunidad transgénero. 

 Muy recientemente vimos un sublime testimonio cinematográfico de esta problemática en la premiada cinta de Tom Hooper, La chica danesa, con las soberbias actuaciones de Eddie Redmayne y Alicia Vikander. La película está basada en la novela homónima de David Ebershoff, y cuenta la historia real de la pintora danesa Lili Elbe, la primera mujer transgénero en someterse a una cirugía de reasignación de sexo. Obtuvo muchos premios, entre los que destaca el Oscar a la mejor actriz de reparto a Vikander, en el papel de Gerda Wegener, esposa del pintor Einar Wegener, quien se convierte finalmente, luego de una odisea, en Lili Elbe.

 Justamente, cuando vi la película, hace algunos meses, me pregunté cuántas "Lilis Elbes” habrá habido en nuestra historia y cuántas habrían en nuestro entorno, y que no logran vencer el terror a una sociedad todavía temerosa y agresiva con lo diferente. ¡Cuánta gente que sufre en silencio y no puede ser libremente lo que realmente es! En ese contexto, la Ley de Identidad de Género me parece un avance crucial y necesario, y me renueva la fe en nuestra colectividad.

 Entiendo perfectamente a las personas que, en uso de su derecho a disentir, discrepan -con argumentos filosóficos, religiosos o de otra índole- de la existencia de la Ley de Identidad de Género. No comparto sus puntos de vista, pero los respeto y también apoyo su derecho a expresar en movilizaciones y otros actos pacíficos su inconformidad.

 Pero lo que condeno y no creo que debamos permitir es que, bajo el manto de una supuesta disidencia, se cometan actos violentos de intolerancia y discriminación en contra de la comunidad LGTB. La intimidación de palabra o de hecho, por las vías de la coacción y la fuerza, está absolutamente fuera de lugar en una sociedad democrática.

 La Ley de Identidad de Género esperó muchos años para ser aprobada, transitó pacientemente por todos los vericuetos de la burocracia parlamentaria, fue tenaz y tercamente promovida por los activistas y, finalmente, logró la aprobación mayoritaria de la Asamblea Plurinacional. No es, por consiguiente, un producto momentáneo, pergeñado al calor de la demagogia de unos cuantos aprovechados. Tampoco es, por cierto, la concesión dadivosa de algún grupo político que quisiera granjearse favores con un sector de la sociedad. Es una norma largamente madurada y que nos coloca, por lo menos en esto, entre las naciones abiertas y progresistas del mundo.

 Ahora que la ley fue promulgada viene lo más difícil y el verdadero desafío para nuestra comunidad. Debemos implementarla con valor y decisión, venciendo las pulsiones retrógradas y dejando atrás atavismos y prejuicios. Será una tarea morosa y ardua, pero es deber de todos los que creemos en la democracia y en la integración social dar esa lucha. La diversidad nos fortalece y nos permite crecer, si estamos dispuestos a pagar el precio de mirar con ojos de esperanza al futuro, en lugar de aferrarnos a un pasado que tal vez nos brinda la ilusión de la seguridad, pero que nos deja anquilosados.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.
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