La Paz, Bolivia

Miércoles 24 de Mayo | 17:37 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Entre ceja y ceja

Detención preventiva

Detención preventiva
Una de las medidas cautelares previstas en nuestro ordenamiento legal para garantizar el juzgamiento de supuestos autores de delitos es la detención preventiva. Se trata de una acción extrema que puede definir el juzgado cuando realmente exista evidencia de riesgo de fuga o de obstaculización en la búsqueda de la verdad.
 
De acuerdo a nuestro derecho penal, que basa la garantía del debido proceso en la presunción de inocencia, la detención preventiva sólo se la debería imponer en situaciones extraordinarias y excepcionales.

 Sin embargo, como padecemos cotidianamente, lo mencionado líneas arriba es simple teoría. En la práctica sucede exactamente lo contrario: la detención preventiva se aplica como la norma y excepcionalmente se emplean otras medidas cautelares contra los acusados de cometer algún delito. La detención preventiva se ha convertido en un arma de coerción y, no pocas veces, de chantaje en manos de administradores de justicia draconianos.

 No es una mala práctica inaugurada recientemente y ha sido utilizada desde hace décadas de una manera innoble y abyecta, pero en los últimos tiempos, tal vez por la notoriedad mediática alcanzada por algunos escándalos políticos, tenemos la sensación de un agravamiento insoportable de esta maña. Da la impresión que la base de nuestro derecho se ha trastocado y que ahora impera la presunción de culpabilidad como actitud rectora en la aplicación de la ley.

 No es que la norma esté mal o dé lugar a los excesos. En realidad, la ley es clarísima: el artículo 7 del Código de Procedimiento Penal dice a la letra que la aplicación de medidas cautelares será excepcional y que cuando exista duda en la aplicación de una medida cautelar o de otras disposiciones que restrinjan derechos o facultades del imputado deberá estarse a lo que sea más favorable a éste. Pero los administradores hacen caso omiso a estas prevenciones e incumplen un principio fundamental que hace a los derechos ciudadanos esenciales.

 Miguel de Cervantes Saavedra ponía en boca del hidalgo Don Quijote de la Mancha la siguiente definición: "la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. Y esto es completamente cierto; el cautiverio, así sea temporal o "preventivo”, es el mayor mal que le puede suceder a un ser humano.

De allí que nos espante la facilidad e impunidad con que se envía a la gente a la cárcel. Siendo la libertad un derecho humano fundamental, no es tratado actualmente con esa jerarquía en nuestros litigios y aquello no puede continuar así. Es nuestro deber como sociedad corregir esta aberración procedimental con acciones decididas, concretas y eficaces. El Consejo de la Magistratura y las más altas autoridades judiciales tienen el deber de asumir la gravedad de la situación y actuar en consecuencia.

 Nuestras cárceles están hacinadas con imputados que padecen la detención preventiva, a veces por años y en ocasiones, de manera demencial, inclusive por tiempos mayores a los que los obligaría una eventual condena.
 
De acuerdo a un reciente informe de la Defensoría del Pueblo, hasta febrero del 2016 existía una población total de 13.940 privados de libertad en Bolivia, recluidos en 14 centros. De ellos, 1.113 eran mujeres y 12.827 varones.
 
La mayor concentración se producía en los penales de Palmasola y San Pedro. ¡El 70% de esos presos y presas estaban recluidos sin sentencia!

 Este es un horror inadmisible en una sociedad democrática y que pretende ser respetuosa de la dignidad humana. Un horror que podría ser eliminado con unos miles de manillas con GPS y la voluntad política de superar esta lacra. La detención preventiva es una espada de Damocles sobre todas nuestras cabezas… no deberíamos esperar que nos caiga encima para reaccionar.
 
Ricardo Paz Ballivian es sociólogo.
251
1
Comentarios

También te puede interesar: