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Ricardo Paz Ballivián
Entre ceja y ceja

Populismo (I)

Populismo (I)
El populismo nació en algún momento indeterminado de la historia de la humanidad, en el instante en el que la fuerza de la colectividad tuvo la necesidad de imponerse a los designios de alguna élite, que basaba su poder en la apelación a designios misteriosos e ininteligibles para el común de los mortales; en el momento en que alguien descubrió que la fuerza de su convocatoria podía emerger del consenso de sus semejantes y no necesariamente de determinaciones religiosas. Contundentemente, como respuesta del conjunto a la parcialidad, de la mayoría a la minoría, del pueblo a la élite.

 Casi, simultáneamente, debió haber nacido también la figura del caudillo, del jefe, del líder, aquel que entre todos los demás resultaba el elegido, ya no por la determinación del cielo, sino por voluntad de sus iguales. A partir de entonces ya no fue necesario nacer rey, emperador, faraón, sha, califa o príncipe para representar y conducir a los demás. La interpelación al pueblo basada en el carisma de un líder, independiente de su origen, se convirtió en la fuente de la legitimidad en el ejercicio del poder. No se puede determinar con precisión quién o quiénes encarnaron este acontecimiento histórico por primera vez, y lo más probable es que sucedió en varios lugares a la vez, y en realidades disímiles entre sí.

 Sin embargo, las formas institucionalizadas de este fenómeno ya aparecen con rasgos definidos en la Roma de Julio César, quien puede ser considerado, de manera franca, como uno de los precursores del populismo tal como lo conocemos hoy. De hecho, él formó un partido político que se autodenominó popular, en contraste con el republicano de Cicerón. Julio César estaba convencido de que su poder emanaba de las masas populares de plebeyos (los esclavos no eran considerados seres humanos) y de las huestes de su formidable ejército, pero despreciaba olímpicamente a los patricios, tribunos y cortesanos por considerarlos parásitos del Estado. Se erigió como un líder carismático, autocrático y que no toleraba la disidencia. Por su parte, el pueblo de Roma lo consideraba un semidiós al que su propia decisión había entronizado, estableciendo así ese lazo indestructible que los jefes populistas repitieron a lo largo de la historia.

 Unos años después, y en un lugar alejado del centro imperial, pero parte de la Roma expansionista, surgió otro monumental caudillo popular que también apeló a las masas de desposeídos para construir su poder. En lo que hoy es Palestina surgió un personaje singular llamado Jesús de Nazaret, que se autobautizó como el Cristo (Mesías, Redentor) que por años esperaban los judíos para liberarse. Si bien su interpelación fue teóricamente de reivindicación teológica, en la práctica todo su movimiento se desarrolló gracias a su carisma y la relación singular que estableció con los pobres de la Palestina. 

Nacido en el seno de ese pueblo oprimido supo, mediante la aplicación de inteligentes y osadas tácticas, aglutinar alrededor de él grandes cantidades de gente, que lo siguieron después de su desaparición física. Él sumó a las características del populismo rasgos que lo marcaran por siempre: el mesianismo y la pervivencia del movimiento social más allá de la muerte del líder.

  Desde allí casi todos los movimientos sociales y políticos que se sucedieron a lo largo y ancho de la historia humana estuvieron plagados de experiencias populistas. Pero es a partir del siglo XVIII en el que propiamente se expresa de manera sistemática y con formas definidas el fenómeno que hoy día recibe el nombre de populismo.

 Los rasgos, que al parecer son comunes a todo populismo, parten de un nacionalismo inherente de una defensa de lo nacional desde el pueblo como el representante esencial de la nación. El populismo no define clases en el orden del discurso: las disemina, las desorienta. Esta función claramente la cumple el líder carismático;  es alrededor de él que se concentran las masas, en su figura heroica y salvadora. De ahí que el populismo sea capaz de unir a varios sectores bajo una sola bandera, porque todos son, a la final, pueblo.

Ricardo Paz Ballivián es sociólogo.
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