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Atando cabos

La cultura de la informalidad

La cultura de la informalidad
La informalidad de la economía y la sociedad está causando serios daños a lo que debe ser el normal desenvolvimiento de las instituciones estatales, empresariales y a la de los trabajadores.

Durante muchos años, quizá desde fines de los años 80 del siglo pasado, se inició una lucha frontal contra la informalidad.  Se partía del análisis de que la informalidad tenía mucho que ver con la migración campo ciudad. Los migrantes enfrentan muchas hostilidades estatales y sociales para poder conseguir vivienda, educación, trabajo. Como no acceden a un empleo decente, optan por crear su propia fuente de trabajo al margen de toda institucionalidad. Con base en las actividades laborales informales, básicamente el comercio ambulante, las personas, mejor dicho las familias, se habilitaron para adquirir vivienda y acceder a la educación en ámbitos no regulados por el Estado o las empresas prestadoras de servicios. La informalidad desde esa perspectiva no es sólo un hecho económico, sino, más bien, social y con expresiones políticas. 

Al parecer, las estrategias para formalizarlos no han tenido éxito.  Este sector de la sociedad, lejos de reducirse está creciendo. En materia de empleo se dice que pasó de 54% a más del 65% de la población, desde fines de la década de 1980. A nivel de empresas, se sugiere que ahora existen más de 1,5 millones de emprendimientos informales,  frente a las 280 mil empresas formales. El olor a fracaso de esta política, al parecer, se debe a que se la enfrentó únicamente como un fenómeno económico -empresarial, sin comprender que es ante todo social y política. 

Al ser socio-político, con el transcurrir del tiempo, fue creando bases ideológicas, las mismas que han ido avanzando y tomando a las instituciones del denominado sector formal. Se creía que la formalidad influiría poco a poco a los informales, pero lo que de verdad está ocurriendo es a la inversa: la informalidad está comiéndose poco a poco a las instituciones formales. La informalidad se está convirtiendo en la norma y no al revés. Es parte de nuestra cultura.

La corrupción está provocando que este fenómeno de la informalidad permee la instituciones del sector público o a las empresas privadas. Primero influyó en las instituciones más débiles o de difícil control, para luego socavar las bases de aquellas instituciones más serias y creíbles. 

El acceso a un empleo como vendedor ambulante o como técnico en la prestación de un servicio de plomería para los hogares  sólo se podía acceder a través del pago de una canonjía, primero a las autoridades, luego a los dirigentes, que se volvieron propietarios de las vías públicas.  Si el autoempleo se convirtió en producto de la coima, con mayor razón el acceso a la salud o educación. 

En algunas ciudades, como en Llallagua, la población exige a la empresa que presta el servicio de agua que mantenga el abastecimiento del líquido los 365 días del año, pero un gran porcentaje de los vecinos mantiene sus conexiones ilegales para no pagar los 20 o 30 bolivianos mensuales, que cuesta el servicio. Aquí encontramos la informalidad del consumidor. También se conoce de muchas familias en la ciudad de El Alto que tienen el mismo comportamiento. Cómo logran que no los descubran los prestadores de este servicio, pues pagando un dinero al inspector. Esta afirmación no es válida para explicar que se sequen los lagos que nos proveen de agua.

Pero el problema es mucho más serio que el contar con conexión  de agua y alcantarillado clandestino o informal. Cuando, al parecer, gracias a la informalidad se llega a otorgar una licencia de funcionamiento a una aerolínea o se permite el despegue de un avión con un plan de vuelo incoherente, nos debe llamar a una reflexión y a tomar el tema de la informalidad en serio.

Rodolfo Eróstegui T. es experto en temas laborales.
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