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Atando cabos

Empleo y desarrollo

Empleo y desarrollo
Está comprobado que las micro y pequeñas empresas (MYPES)  incorporan un gran porcentaje de la mano de obra del país, pero todavía no está demostrado que estos segmentos de empleadores constituyan un factor que impulse el crecimiento socioeconómico del país o que mejore las condiciones de la clase trabajadora. 

Han pasado muchos gobiernos que promovieron apoyos financieros y no financieros destinados al fortalecimiento de las MYPES y a estos lineamientos estatales se sumaron varias organizaciones no gubernamentales. Se apostaba por lo pequeño. Algunas corrientes de pensamiento las categorizan como el sector informal.  Sin embargo, el resultado ha sido el deterioro de las condiciones laborales. 

La precariedad laboral generalmente se la observa con mayor crudeza en las MYPES, a diferencia de lo que ocurre en las grandes empresas.  Esto se debe a que en las micro y pequeñas  unidades  existe una relación baja  entre el capital y el factor  trabajo,  que utilizan tecnologías relativamente simples e intensivas en la utilización de mano de obra, lo que determina su baja productividad. También tienen un nivel pequeño de operaciones: para bajar los costos de producción trabajan en las labores productivas los miembros del entorno familiar, que se complementa al trabajo asalariado, o el trabajador asalariado se complementa con el trabajo familiar.  Generalmente la relación laboral escapa del  control o fiscalización del Estado.  Los niveles de ingresos que perciben el o los trabajadores asalariados ronda el salario mínimo, muchas veces, la remuneración se pacta bajo otras formas, una de ellas a destajo. 

En las grandes empresas, generalmente, aunque con algunas excepciones,   se observan mejores condiciones que en las MYPES.  Me atrevo a señalar que podrían ser mejores,  pero como el escenario del mercado de trabajo está conectado entre este mundo, denominado informal, con el moderno de los grandes emprendimientos, no mejoran sustancialmente, sobre todo en los aspectos económicos.  Esto se debe, al parecer, a que la realidad de las MYPES actúa como un lastre que induce a un equilibrio entre estos  mundos laborales. Por ello, la acción de los sindicatos de trabajadores, presentes en las grandes empresas y no así en las MYPES, no tiene grandes resultados.

 Las grandes no pueden estimular a que en las MYPES mejoren  el trato de la mano de obra porque para hacerlo requiere, además, del conocimiento de la legislación aplicable, un incremento de capital destinado a crear nuevas condiciones del medioambiente de trabajo, así como  para incrementar su productividad y escala de producción, y concurrir a nuevos  mercados. 

En los últimos años se comenzaron tímidamente algunas acciones para modificar el comportamiento de los empleadores pequeños con los programas de fomento de la producción de Pro Bolivia, que coordina sus acciones con el Ministerio de Trabajo. Al parecer los apoyos a las MYPES ya no son tan gratuitos. Sin embargo, estos esfuerzos también deben ser coordinados con las ONG que otorgan servicios y asistencia a los empleadores del mundo informal. Sin embargo, este esfuerzo estatal todavía es muy, pero muy chico frente a la inmensidad del problema.

Creo que para que este modelo "basado” en las micro y pequeñas empresas pueda constituirse en un instrumento del desarrollo económico y social tiene que tener posibilidades de crecimiento; es decir, que una microempresa evolucione hacia una pequeña y así sucesivamente, hasta alcanzar a los grandes emprendimientos.

Rodolfo Eróstegui Torres es experto en temas laborales.
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