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En peligro de extinción

La palabra muerta

La palabra muerta
Hay sondeos que dicen otra cosa, pero en esta materia apelo -digamos- a mi más puro y atávico instinto y, contando nada más que con él, siento y entiendo que la mayor parte de la gente de esta tierra nuestra está confundida porque no sabe exactamente a qué atenerse sobre si el Presidente volverá a intentar alguna cosa para tratar de ser candidato en la próxima elección. 

Muchos le escuchan y le creen, cuando dice que está listo para dejar la silla, el avión, el bastón, la medalla, la taza y el plato de Jefe de Estado el 23 de enero de 2020, en la víspera de la Alasita, cuando termina su mandato, y ha de entregarlo a quien le suceda: amigo, rival, fanático seguidor o duro adversario.

Hasta ahí no hay problema, todo claro, todo legal; a cerrar la boca y a trabajar sin pausa, porque aunque sin crisis, el frenazo ya dura mucho y no se ve cuándo escampe. 

Pero, pasa que después de decir que no quiere, que no quiso, no querrá, que el que quiere está condenado y se hundirá, hay un vuelco para deslizar que ¿cómo será no? ¿Y si los sectores mandan otra cosa? 

¿Los sectores o sus dirigentes? ¿Sus bases?  ¿O los que obtienen candidaturas, acceso a los fondos, a los curules, a los cargos? 

Cualquiera sea el caso, hay que recordar que por encima del ampliado, de los comunicados, los pronunciamientos, la colecta de firmas de uno, de varios, de muchos sectores, está la expresión del conjunto en la cita fijada con anticipación, con reglas, con jurados y jueces de todos.

Cuando uno, dos o más sectores tratan de imponerse al conjunto, con argumentos, justificaciones, discursos, pasa lo que acabamos de ver con la decisión de un sector, su fuerza, sus bloqueos, su furia, la violencia en llamas.

Por encima de las interpretaciones, de las discusiones, está el hecho de que siete meses antes del inicio de esta flamante primavera, el resultado en las ánforas fue No; por mayoría absoluta, incontestable, categórica. 

No existe en la Constitución segunda vuelta para el referendo -así la ventaja fuese de un voto y la mayoría relativa- aunque alguien esté disconforme con el resultado, porque si la madre de todas las leyes se prestara a esos juegos a alguno se le podría ocurrir que, porque a algunos no les gustó el resultado de una elección, toca repetirla.

Entonces, por encima de lo que diga el que manda, sus abogados, sus fieles, cualquier tribunal, está el pronunciamiento democrático -"no hay que temerle al pueblo”, ¿recuerdan?-  y la Constitución que, en esencia y apariencia, afirma y sentencia que dada la respuesta a una pregunta ésta se acepta, por todos, sin excusas, sin demora, como cosa juzgada y resuelta.

El problema de un partido inseguro de sí mismo es suyo (¿cómo no estarlo si el jefe dice a los militantes que no se engañen, que el partido en realidad no existe?), tiene que resolverlo puertas adentro, sin interferencias de ajenos, pero sin endosarlo al país. 

Están en juego, además del mandato popular y la Constitución, de las turbulencias económicas y financieras que se agitan cuando las cuestiones políticas básicas no quedan claras, la credibilidad del Estado, la palabra de las autoridades, de su portaestandarte.

Si el Presidente dice algo ahora, más tarde lo contrario, o lo que parece lo contrario y luego algo más; si le quita, le añade, lo vuelca, lo tuerce, lo condiciona. Su palabra se hunde en la zona de la duda, de incertidumbre, pierde peso y sentido. Se mata su palabra, dentro y fuera de fronteras. Se deja al descubierto la credibilidad y la confianza que puede -debe- inspirar. Se socavan, se diluyen, se pierden, se corrompen. 

Es ese un inmenso peligro para él y, más importante, para el país, porque enfrentar estos tiempos de escasez requiere de la máxima claridad, de la mayor capacidad de aglutinar, inspirar y movilizar. Es lo necesario para postergar las inversiones que no son esenciales, priorizar las vitales, cuidar los ingresos y los salarios, los empleos, espantar rumores y temores, aunar voluntades.

Por lo tanto, andar diciendo que si, que no, que tal vez, que dentro de un año o de uno y medio y quién sabe, expone y debilita, transmite falta de decisión y de coraje, de honradez. Es decir, la peor respuesta en la peor de las oportunidades.

Roger Cortez es director del Instituto Alternativo.
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