La Paz, Bolivia

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Cuando el tamaño importa

Cuando el tamaño importa
Si de algo no puede acusarse a quienes llevan las riendas estatales desde hace 11 años es de ser modestos. No es una debilidad de su repertorio y son más bien propensos a referirse, en cuanto se da la ocasión, a sí mismos y a sus obras como grandiosos, descomunales, desmesurados. 

Hay una excepción que quiebra tal regla y es la corrupción. Según sus discursos, esta vieja perversión del poder sería, aquí y ahora, pequeña, diminuta, mini, o mejor dicho, respetando sus palabras, "micro”.

Tal como lo presenta el Presidente en sus discursos oficiales, sería una cuestión de raterías, de pequeñas comisiones, centavos, tal como lo hacía, hace ya un cuarto de siglo, quien presidía el país en esa época. 

Como en otras situaciones, el primero en proponer y usar el término de microcorrupción ha sido el Vice, cuando intentaba disminuir la importancia de los desfalcos, fraudes y malversaciones del Fondo Campesino. La máxima autoridad del país asumió oficialmente el neologismo después de algunos meses, demostrando, nuevamente, que es él quien incuestionablemente manda, pero que tiene la mente muy abierta a las sugerencias –y sugestiones- de sus seguidores, siempre que sepan ejercer el sutil arte de atribuir sus iniciativas y proposiciones a la creatividad presidencial; es decir, insistiendo incansablemente en que fue al Jefe de Estado a quien se le ocurrió la idea original. Si lo hacen bien quedan inmunizados del riesgo de que su jefe y pasaporte electoral los acuse de ser parásitos succionadores.

En este caso especial, la completamente infundada modestia gubernamental viene a convertirse en la más perniciosa amenaza, porque trata que bajemos la  guardia frente a un mal que engulle nuestros recursos, nuestros ahorros y, sobre todo, nuestra integridad y confianza colectiva. 

La corrupción involucra toda forma de disposición del poder y patrimonio públicos para satisfacer ilícitamente intereses de individuos y grupos, no sólo los robos y desvíos de recursos comunes, por lo que es tan manifiestamente equívoco equipararla a las faltas y delitos cometidos por particulares, para eludir la ley o ajustar a sus necesidades el ritmo de la administración. 

La marca distintiva del corrupto es su acceso al uso y abuso del poder  político, con la finalidad de otorgarse, a sí mismo y a quien le convenga, por fuera de la ley o forzándola con ese propósito.

El MAS, ciertamente, no inventó la corrupción, la ha heredado y desarrollado. Así, el concepto de "microcorrupción” representa una estrategia para diluir responsabilidades sobre las prácticas patrimonialistas (manejo de los bienes públicos como si fuesen de propiedad privada), esforzándose en  convencer que esa acción se diluye en una red inasible de pequeñísimas intervenciones delictivas,  tratando de escabullir las grandes responsabilidades y ocultar a sus mayores beneficiarios. 

Esto se acompaña del argumento de que esta gestión gubernamental es la primera que encarcela funcionarios, de bajo y alto rango, para investigarlos. Siendo precisos, es la que más encarcela (especialmente a los de bajo rango), pero, igual que los previos, ni aclara, ni resuelve los casos. Casi todo se va en denuncias, con meses y años de detenciones, pero sin esclarecimiento, recuperación y corrección de los mecanismos ilegales y viciosos.

Dada la magnitud de ingresos y recursos dispuestos, del poder otorgado, de  la práctica ausencia de rendición de cuentas, por abandono deliberado de toda forma de control, más el hecho de que en este periodo se ha secuestrado y domesticado a casi todas las organizaciones sociales, es cristalino que lo que desde el oficialismo se llama "micro” es, en justicia, exactamente lo contrario.

La campaña para tratar de anular el inconfundible mandato del referendo constitucional del año pasado -incluida su última amenaza de que "habrá matanza”, si no imponen su criterio y candidato-  es la más fresca y palpable evidencia del uso del poder político con fines estrictamente privados, y es el intento de independizar el poder, volcándose contra cualquiera, y si necesario contra todos, si se contradice su deseo y necesidad de extenderse sin límite  ni control.

Roger Cortez Hurtado es  director del Instituto Alternativo.
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