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En riesgo de extinción

¿Muerta o de parranda?

¿Muerta o de parranda?
No sucumbiré este martes a la tentación de contribuir a la interminable ola de noticias carnavaleras. Estoy pensando, en medio de la fiesta, en las causas de la proliferación de debutantes tan coloridos como Donald Trump, dispuestos a  asumir el control de las principales capitales, presagiando que nos precipitarán en una febril y letal mascarada. La abundancia y fortalecimiento de éstos será acaso la prueba de que la globalización ha fallecido como lo anunciaba, a finales del año pasado, entre unos cuantos, el Vicepresidente boliviano.

Decía él: " (Ya) no existe  (...) nada mundial (sic) que articule esas expectativas comunes. Lo que se tiene es un repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica, ante un mundo que ya no es el mundo de nadie” (La Razón, 29/12/16). Esa interpretación funcionaría si la globalización se redujera a ser una propuesta ideológica fundada en el acuerdo de Reagan y Thatcher; pero esa es la versión más superficial y vulgar de los hechos.

Aún si Le Pen, Wilders Frauke Petry y otros igualmente xenófobos y endogenistas se hicieran del poder y se esmerasen a materializar sus mayores promesas, la mundialización, como prefieren llamarla los franceses, se funda en realidades instalas y no en consignas. 

La modificación de los tratados de comercio, inclusive su derogación, no anula la existencia de un mercado capitalista que abarca hasta el último rincón, desde el momento que cayera el bloque soviético, China pasará a ser la gran factoría mundial y la informática se convirtiera en la plataforma principal de las grandes transacciones financieras. La globalización económica, política, cultural es la fase actual de desarrollo del capitalismo y no se reduce a su propuesta neoliberal o la "gran estafa ideológica” de la que habla García.

Trump podría ser completamente sincero en su deseo de echar a andar hacia atrás, pero los intereses dominantes del capital financiero -entusiasmados hoy con las libertades que les devuelve el nuevo presidente- chocan con sus propuestas mayores, como la de entrar en guerra comercial con China, olvidándose que es el principal acreedor e inversor clave en la economía estadounidense.

Inclusive la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea o, yendo al extremo, la implosión de ese bloque, no modifica, ni hace estallar la disposición de la maquinaria que produce, distribuye y comercia para un mercado planetario; los decretos presidenciales o la modificación de acuerdos comerciales no van a reducir ese dispositivo a pequeñas unidades para abastecer mercados desconectados. Tendría que entenderlo muy bien el Vice como parte de una administración que a su ingreso prometió hacer retroceder al capitalismo y no ha hecho más que estimularlo hasta el paroxismo.

La epidemia de candidatos con discursos antiglobalización, el ascenso de Trump -con su asesor Bannon- ratifican el malestar que produce el actual estadio de desarrollo capitalista, inclusive en los centros que más se benefician. Pero, eso no equivale a que pintorescos y voluntaristas dirigentes puedan montar, por mucho que lo quieran, una contrarreforma que nos devuelva a la época de un mosaico de mercado y tendencias políticas  e ideológicas. 

El mundo está unificado por el funcionamiento de las grandes corporaciones, tanto como por el avance del cambio climático, que no cesará porque Trump afirme que es un invento chino, ni porque el Gobierno de nuestro país suponga que aquí podemos seguir depredando, simplemente porque es nuestro turno. 

La contradicción entre la acción humana y la naturaleza, que es hoy la  principal y fundamental, así como la estructura presente del mercado, no desaparecerán por la voluntad de encerrarse, aunque se proclame desde el mismo centro del sistema de poder.

La globalización es autodestructiva, pero su suicidio es una alucinación ruidosa, no menos ficticia que la fuga del sol por la inhabilitación del candidato masista, y, en consecuencia, sigue en pie la obligación de enfrentar el verdadero apocalipsis que crece en su globalizado modelo de desarrollo, que se encamina a arrasar con nuestras fuentes de vida.

Roger Cortez Hurtado es director del Instituto Alternativo.
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