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Desocupado lector

El color de este tiempo

El color de este tiempo
El próximo año se va a cumplir un centenario del asalto al cielo ruso de 1917, y seguramente el asunto, como en 2014 los cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, suscitará otras tantas especulaciones de cariz seudohistórico. Entonces, en octubre de aquel ya lejano año, Lenin, su líder, dijo que el XX sería un siglo de revoluciones. Fue así. Y sobre este XXI, un buen trecho del cual ya hemos andado sin darnos mucho cuenta, ¿quién  nos aclara el siglo de qué será? 

Cuando en 2001 sucedió lo de las torres newyorkinas, daba para jugar al profeta de cataclismos y afirmar, como muchos hicimos, que ése era el signo de los nuevos tiempos: el terror indiscriminado. Algo ha continuado en ese sentido, pero la inopia del califato musulmán no da creo para pensar en un conflicto civilizatorio de envergadura. 

Algún jerarca putinesco (id est., adlátere de Putin) dijo hace un tiempo que el mayor error ruso del siglo XX fue haber desmontado el imperio soviético. Eso es hablar claro. André Malraux dijo en su momento, es decir, muy temprano, en los años 30, no como muchos excomunistas, después de consumadas las cosas, que toda la larga historia del comunismo sólo era una máscara con la cual Rusia había satisfecho su voluntad de poder ecuménico.

Y ahora que el exagente de la KGB que gobierna Rusia envenenando a sus adversarios está haciendo algunas cosas como para recuperar presencia geopolítica mundial, a muchos les da igual por jugar a la teoría de una nueva guerra fría en marcha, con aspiraciones a calentarse. No parece muy posible, si se piensa en la multiporalidad creciente del poder mundial. No, en el horizonte político parece nomás verse un largo bostezo televisivo. Por ejemplo, lo de Trump ha sido como un estimulante para toda la humanidad necesitada de chivos expiatorios en los cuales identificar el mal y odiarlo, pero cuando, al cabo de unas semanas, la bestia rubia se muestre como otro administrador más del statu quo, volverá el aburrimiento planetario.

¿Y nosotros, los latinoamericanos, el Extremo Occidente, como alguien ingenioso denominó a la región? Ahora que la broma de mal gusto del socialismo del siglo XXI está en humilde y disimulada retirada, quedan bastiones como Bolivia. Pero después de superada la impostura indigenista, solo falta ver la forma en que el país se deshará del autoritarismo masista, para volver a la relativa normalidad democrática en la que se vivía. Aunque hay motivos para preocuparse después de que en Nicaragua el neoSomoza Ortega se salió con la suya en su afán de ejercer un despotismo provisto de urnas, al estilo cubano, donde los Castro ganan las "elecciones” con el 99% desde hace 50 años. Pluguiere a Dios que esto no ocurra en nuestro país, que tiene nomás, como señalan los especialistas, un "perfil institucional y educativo centroamericano”, de manera que la población puede más fácilmente ser embobada con la palabrería populista tipo García Linera. 

El otro tema es el tecnológico. Leí por ahí que alrededor de 2045 el hombre finalmente será inmortal, nada menos; no habrá enfermedad que lo abata. No parece muy serio. Sin embargo, es en el plano de la comunicación, epítome de lo humano, según la infatuación lingüística que corrió en el siglo pasado, donde yo creo que se puede entrever cierto futuro verdaderamente poshumano, sin que esto sea una queja. 

A veces, cuando me veo escribiendo cosas como "Cms Xfa yo tb voy a ir bb, q me esperen”, firmando con un emoticón sonriente que mi teclado no puede reproducir ahora, me quedo perplejo. También en cuanto a esto el muy inteligente Malraux dijo ya en 1975 cosas iluminadoras, concretamente, que ninguna civilización podría asentarse en algo diferente del lenguaje verbal, en imágenes, por ejemplo (La literatura y el hombre precario). Pero el empobrecimiento acelerado del lenguaje obliga nomás a escuchar a los que piensan que la literatura es cosa del pasado, y lo será cada vez más. Y con ello, claro, la idea de cierto tipo de cultura.

Miro mi modesta biblioteca, y su manifiesta obsolescencia me hace pensar en el aspecto de arqueólogo literario que debo estar adquiriendo a medida que pasan los meses. 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
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