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Shakespeareología

Shakespeareología
Ya en 1903, cuando Tolstoi escribió su ensayo detractor de Shakespeare (Sobre Shakespeare y el drama), los estudios sobre el dramaturgo inglés pasaban de 100 mil. Victor Sklovsky, el formalista ruso en uno de cuyos libros (Sobre la prosa literaria) he leído esto, señala que es el propio Tolstoi el que lo dice. Porque en cuanto a mí, no he tenido la suerte de leer el ensayo del autor de La guerra y la paz. Y eso que ardo en deseos de hacerlo (¿hipérbole shakespeareana?), porque entre esos 100 mil (¿100 mil?, ¡pero si no tomo en cuenta el siglo XX, asaz más tumultuoso que el XIX¡) estudios, glosas, ensayos,  etcétera, etcétera, brilla al parecer porque va más allá de la lectura reverente, para afirmar algunas incomodidades que le producía esa obra, cosa que siempre vale la pena hacer, y más este año, en que se han puesto a volar los previsibles homenajes a diestra y siniestra del mayor culto literario del planeta. 

Es que quiero comprobar si Tolstoi habla de las cosas que yo he experimentado al leer algunas de estas piezas teatrales "y en todas las otras que no he leído” (Stephan Dédalus dixit). Uno de los más grandes novelistas de todos los tiempos (para algunos el más grande) se enfrenta al mayor dramaturgo de todos los tiempos. Valdrá la pena, si es que ocurre.
 
Me refiero a que, comparados ambos, se puede decir de buenas a primeras que en Shakespeare hay siempre demasiado grito, demasiada exclamación, mientras en Ana Karenina, por ejemplo, la gente habla normalmente, hay el silencio de la curiosa conversación que todo lector tiene con el narrador de una novela. No que no haya desesperación en este, pero se trata de la célebre desesperación callada o silenciosa, que, entre otras cosas, está citada en una canción de Pink Floyd.
 
Quizá sólo se trate, y lo ha dicho más de uno,  de la eterna querella, o simple diferencia, entre drama y narración (salvo, ¡pero qué salvedad!, por la interminable y enorme potencia verbal, las historias de Shakespeare no son fáciles de seguir, o en cualquier caso vale mucho más la pena verlas puestas en escena, pero, ¡ay de mí!, vivo en La Paz). 
 
Y luego está el asunto del juego y el humor. Siempre, según Sklovsky, muy a menudo los personajes shakespearenos hacen chistes, juegan con las palabras, y no pocas veces, como dice atinadamente Tolstoi, provocando "la penosa violencia que se experimenta al oír bromas que no hacen reír”. ¿Quién no se ha encontrado casualmente con un antiguo camarada de colegio en estado etílico, que le recuerda bromas estúpidas de esa época, mientras nosotros lo miramos imperturbablemente pensando en la forma de huir de semejante brete? Esa es otra forma de ilustrar los ineficientes gags shakespereanos. 
 
Es seguro que en la atemorizante bibliografía pasiva de Shakespeare de que habla Tolstoi, que inevitablemente produce cierto embarazo de vergüenza a cada nuevo exégeta que debe justificar un nuevo libro sobre el escritor, no estaba incluido "Sobre Shakespeare”, un artículo o ponencia de Ignacio Prudencio Bustillo, por dos razones 1) éste lo escribió en 1917 o alrededor de esos años, y 2) era un oscuro latinoamericano que lo presentó en la "Universidad femenina”, curiosa entidad creada en Sucre por aquellos años para impulsar la educación de las mujeres (con los resultados paradójicos que vivimos ahora, lo digo no sin amargura).
 
Tampoco es que Prudencio diga gran cosa (son tres páginas incluidas en el libro recopilado por Medinaceli con el título de Páginas dispersas y que han sido recientemente reeditadas), pero por lo menos actúa como un lector o espectador interesado en la literatura. Algo diferente a los antojadizos usos culturalistas o izquierdizantes posteriores, como el del comisario cultural de Fidel Castro, Roberto Fernández Retamar, que agarró a un personaje más de La tempestad, Calibán, para hacer toda una lamentable alharaca tercermundista durante décadas. 
 
Dice Prudencio, por ejemplo: "La imaginación, rasgo dominante del carácter de Shakespeare, le inspira arranques líricos bellísimos; le proporciona temas admirables: da animación y encanto a su teatro, pero su exceso (ya hemos visto que por ahí pecan los genios) oscurece la trama de sus obras y da a su conjunto cierta inverosimilitud muy perjudicial”. Algo de eso hay, en efecto.

Wálter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
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