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Desocupado lector

El odio de los intelectuales

El odio de los intelectuales
Mala idea la de leer La náusea a los 15 años. Porque me provocó un cataclismo anímico del que sólo pude recuperarme, y sólo en parte, muy adulto. No sé a qué respondió esa idea, qué la movió. Pero más que una idea, creo que fue una imagen: una foto de Sartre que vi en una enciclopedia literaria familiar. Apoyado en una baranda, el bizco filósofo francés miraba, con lentes intelectuales muy característicos, a una lejanía que, al no verse, hacía que la foto sólo hablase al espectador de la agudeza, la reflexión, la inteligencia del personaje. Es decir, se debió a uno de esos enamoramientos ingenuos que tiene un chico aficionado a las letras. Por lo demás, apenas barrunté el profundo calado filosófico de la novela; me limité a coincidir en la falta absoluta de sentido de la existencia, de la que hablaba. 

Pero no quiero referirme a esa experiencia personal ahora, sino usar el "caso Sartre” como ejemplo de lo que denomino el odio (por lo menos teórico) de los intelectuales a su propia clase. Porque, interesado siempre por su obra, me enteré después, por ensayos y lecturas indirectas (no leo filosofía pura), de cómo esas ideas sartreanas estaban expresadas, de manera no ficticia, en El ser y la nada; pude saber cómo habría intentado encontrar una salida a ese crudo existencialismo en Crítica de la razón dialéctica. Y cómo finalmente encontró en la acción política comunista una salida a su desasosiego, hasta llegar a decir, con ocasión de la lucha por la independencia de Argelia, que para los africanos "matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido. Quedan un hombre muerto y un hombre libre”.

¿A qué viene todo esto? A la necesidad de entender una de las últimas salidas de "ideólogo” del vicepresidente García Linera, amparado en la autoridad -no muy solvente, en mi opinión- de Zavaleta Mercado, quien habría dicho que las clases medias bolivianas "son las más ignorantes, racistas y antinacionales del continente” (creo que está en Lo nacional popular en Bolivia).

Igual que en el caso de Sartre, hay mucha violencia verbal en esas palabras, cosa que no deja de llamar la atención, si se piensa que viene de un típico clasemediero nacional (orureño, para más señas), como era Zavaleta. Y uno siente la necesidad de completar su razonamiento de la siguiente manera: "la clase media es un asco, salvo yo”. Como en general en el comportamiento verbal de Zavaleta en sus libros, resuena en efecto la misma soberbia necia del intelectual tipo Sartre, sólo que en versión latinoamericana. 

García, por su parte, pero en la misma línea, usa esa frase zavaletiana para hacer una tipificación más bien facilonga de las clases medias de los últimos tiempos (La Razón, 24 de abril de 2016). Sólo que le faltó hablar de su propio "segmento”: el mencionado de los hijos de clasemedieros acomodados -como Zavaleta- que armados de unas cuantas lecturas marxistoides de segunda mano, piensan muy rápidamente que han encontrado la causa de todos los males del país y el mundo: ¿adivinan cuál? ¿Les suena el capitalismo, el imperialismo?

Sartre también fue hijo de un padre acomodado que encontró en el activismo político de galería una solución a su necesidad de hacer algo concreto. Situación (palabra muy querida por Sartre) muy diferente a la de su contemporáneo, Albert Camus. Pues siendo éste, a diferencia de Sartre, francés-argelino y pobre (su madre era analfabeta) prefirió no tomar partido abiertamente por los revolucionarios argelinos porque puso de por medio la reflexión sobre temas más profundos, como el derecho a usar la violencia de manera indiscriminada por un ideal justo, como se estaba haciendo ese tiempo por la independencia de Argelia.

El odio de los intelectuales. Se cuenta que el famoso rechazo de Sartre al Premio Nobel se debió al hecho de que se lo hubieran dado antes a Camus. Pero cuando se lee la novela más famosa de éste, El extranjero, se puede ver que, en efecto, era un poco mejor escritor, aunque tampoco tanto. Porque en buena cuenta, ninguno de los dos era novelista, sino pensadores puestos a trasladar sus ideas a una novela.
 
Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
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