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Desocupado lector

Poesía para escuchar

Poesía para escuchar
Una de las pocas cosas buenas que tiene no ser poeta es que no se ve uno en la necesidad de asistir a ningún festival de poesía para promocionar una obra en plena marcha en busca de la distinción, en el proceloso y abundante océano de los poetas del mundo. He pensado esto el otro día, cuando, presa de una suerte de melancolía literaria, en la cual me doy cuenta que tiendo cada vez más a caer, me puse a revisar viejas revistas arrumbadas en casa, y en un número de la alemana Humboldt tropecé con un jugoso artículo de Hans Magnus Enzensberger, motivado por su presencia en la célebre reunión anual de poetas de Medellín, supongo que (el artículo no dice cuándo), alrededor del año 2000.

Supe por él que el decano de los festivales de poesía es el de Rótterdam, inaugurado en 1970; y que cualquier futura historia de este fenómeno cultural incurriría en una seria omisión si no incluyera como antecedente prehistórico el momento en que, mucho antes, a Ezra Pound se le ocurrió invitar a su escenario a varios colegas versificadores. En cualquier caso, a partir de Rótterdam, dice el ensayista alemán, los festivales se fueron multiplicando como los hongos después de la lluvia, para satisfacer año tras año a la siempre abundante feligresía necesitada de versos de toda laya.

Sigue Enzensberger, y aquí viene lo divertido: "Como con el tiempo la demanda de autores notables comenzó a superar la oferta, pronto disfrutaron de esas invitaciones poetas menos codiciados, algunos incluso bastante mediocres, y fue surgiendo así una asociación informal de (poetas) trotamundos…” Ni más ni menos, Herr Enzensberger, puedo atestiguarlo desde mi humilde aldehuela paceña,  supo tener a su tiempo pretensiones de sede de algún festival lírico (últimamente se lo ha querido remozar, dándole además una manito a Oruro).

Como entretanto, siguiendo la forma de argumentación enzensbergiana (¿corre este neologismo autoral, pese a la relativa oscuridad de Hans Magnus?), las nuevas ciudades de los cinco continentes tienen que distinguir de alguna manera  su propia reunión, se ha hecho necesario agregar elementos turísticos y/o exóticos. Así por ejemplo, el encuentro de poetas que se hace en la feria del libro cruceña lleva como estandarte algo así como "Santa Cruz: la ciudad de los anillos” (sugerencia: que se premie la trayectoria del invitado más distinguido y más longevo como El señor de los anillos).

Así es. Como en todo, en la poesía, por profunda y solemne que sea, opera la rigurosa e implacable lógica capitalista. Más oferta hace siempre que despierte la imaginación del vendedor. No sé si fue en un festival de poesía (o más bien en una demostración de las FARCH) que Raúl Zurita encargó a pilotos que dibujaran líneas de su sublime poesía en el cielo, con aviones a chorro, pero un amigo me aseguró que otra de las hazañas del poeta mapochino fue haberse masturbado en público, como todo un Jim Morrison de las letras. 

Enzensberger, por su parte, aporta el caso de humor negro de un poeta concreto de Dinamarca (¿qué podrá significar esto para un terrícola futuro?) que, llevado por el entusiasmo con el que pronunciaba sus versos, estuvo a punto de fallecer, víctima de un infarto al miocardio, "ante los ojos de cientos de oyentes perplejos que lamían sus helados”, agrega con malicia el también poeta escritor teutón.

En fin, algo habrá que apuntar para terminar esta sesuda columna, algo de naturaleza ontológico-literaria, por así decirlo. Así como me enorgullezco de no ser poeta, me avergüenza no poder escuchar un poema entero sin empezar a cabecear y/o escuchar con los ojos abiertos, pero sin la suficiente energía como para comprender lo que se está leyendo. Esto me ocurre siempre que estoy en alguno de este tipo de eventos. Pero en descargo parcial de los poetas, no siempre se debe a la monotonía de las obras. Y en descargo mío, disfruto enormemente de los poetas que me gustan, leyéndolos en cama. En cambio, espero que no se considere soberbio presumir que la gran mayoría de esos cultores del arte lírico que asisten a escuchar a los poetas en esos festivales,  lo hacen para ahorrarse el trabajo de leerlos en casa. 

Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
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