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Desocupado lector

Kitsch, bizarro, chicha, pero museo al fin

Kitsch, bizarro, chicha, pero museo al fin
Quisiera saber algo más de la historia de la exsede del Club Libanés, sita en El Prado de nuestra ciudad, porque es una de las casas patrimoniales más bonitas de ese lugar. Algo ayuda el cartel que la Alcaldía ha puesto en la entrada para informarse al respecto, porque al leerlo uno puede enterarse que esa casa de principios del siglo XX responde a una "arquitectura ecléctica, destacando en su fachada los balcones en hierro forjado de estilo art nouveau”. Pero no compensa como consuelo frente a lo que cobija en su interior: el inefable Museo de Arte Contemporáneo Plaza. 

Visitarlo es proporcionarse una experiencia estética bizarra por donde se la vea. Nada más ingresar uno encuentra una reproducción exacta de la cabeza del David de Miguel Ángel encajonado en una suerte de hornacina gigante y flanqueada por un enchufe (¿un inesperado Duchamp nacional?). Debajo se puede leer: "David 1501-1504” y más abajo aun: "Enrique Magallanes Huanca”. Por Wikipedia me pude enterar que Miguel Ángel hizo esa escultura en esos años, aclarándome esa extraña mescolanza bíblico-renacentista del pastiche.

No menos perturbadora es la propuesta que uno encuentra a la izquierda de este ingreso: una enorme cruz metálica en cuyo centro esta recortado en hueco un delfín. La obra tiene un comentario poético titulado "De tierra adentro al mar abierto. El artista y su plegaria”, y dice así: "La historia cierta/la evidencia incierta/la esperanza abierta/no me resigno a tu ausencia/si confío en mi creencia/y en tu corazón que piensa/hermano latinoamericano”. Entonces se entiende que el delfín está ahí para evocar el mar perdido. Pero para asegurarse, el artista (esto es, el señor Plaza, presidente del museo, como le gusta llamarse) explica en otro cartel que la cruz significa sufrimiento; y la silueta negativa del delfín ("cetáceo que habita mayormente en los mares”, se nos aclara), el vacío que sentimos los bolivianos en el corazón por no poder comunicarnos con las criaturas marinas.

Juntar en una fachada estas tres cosas: fachada galicista, renacentismo escultórico y plegarias marítimas puede creo ahorrarme la tarea imposible de describir lo que se ve en las tres plantas de arte plástico que hay en el interior de este museo. En cualquier caso, les aseguro que no desmaya en su vocación para la chabacanería de diversa índole. 

Hace mucho tiempo que Hermann Broch discurrió abundantemente sobre el arte kitsch como fenómeno de una modernidad malsana. Y hace mucho tiempo que a mi vez yo estoy tratando de terminar de entenderlo. Esto pese a que hace rato he terminado resignado por aceptar que la densidad alemana excede mis capacidades de intelección. Pero hasta donde puedo hacerlo, he llegado a la conclusión de que la versión boliviana del arte kitsch del que habla Broch es nuestro arte "chicha”, una buena muestra del cual se despliega en este museo. Me refiero a la previsible temática variopinta de Illimanis, puertas de Tiwanaku y cóndores que charlan con retratos del caudillo Evo y sikureadas en lontananza altiplánica, todo bañado en un carnaval de colores, que distintos artistas han plasmado en cuadros de todo tamaño en sus salas. Y siempre con el ingrediente politiquero izquierdoso de Che Guevaras redentores, mineros doloridos y/o conquistadores españoles crueles. A lo que hay que agregar, en el caso de este lugar, un  erotismo compulsivo que se dedica a desnudar mujeres perfectas a diestra y siniestra.

Esto es, más o menos, lo que llamo la estética "chicha”, y en esta época tiene entre algunos de sus miembros prominentes a artistas como Roberto Mamani Mamani o Mario Conde, por poner dos nombres ilustres (y en efecto, algo del alegorismo ramplón de Conde se vende en la tienda del museo, si no me equivoco). 

En el tercer o segundo piso de este curioso lugar hay otra instalación del presidente Plaza, que una vez más es explicada, seguramente ante comentarios malignos como el presente. Dice: "Más palo me darán, mejor persona me harán”. Pero yo creo que si el señor Plaza quiere realmente mejorar y hacerle un favor a la ciudad, debe hacer algo para cambiar el penoso criterio artístico que se muestra en este museo, incluso ante muchos visitantes extranjeros que se acercan a tan céntrico lugar con la idea ilusa de aprender algo del arte del país.
 
Walter I. Vargas es ensayista y crítico literario.
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