Los “abuelos del surf” toman las playas contra la depresión

Francisco, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietas, es el alumno más veterano de esta clase destinada exclusivamente para personas ancianas.

Miradas
Redacción Diario Página Siete
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La Paz - viernes, 25 de enero de 2019 - 0:04

EFE   / Santos, Brasil

Con el espíritu aloha por bandera, un grupo de mayores de 50 años en Brasil ha encontrado en el surf una nueva forma de vida que, en algunos casos, se ha convertido en la vacuna perfecta contra los prejuicios de la vejez, la soledad y hasta la depresión.

Son las ocho de la mañana, amenaza lluvia en la playa de la Pompéia, en la ciudad de Santos, pero Francisco Verazani de Aguiar, de 74 años, llega cargado de energía y con una sonrisa radiante, pese a los nubarrones en el horizonte.

Sabe que en unos minutos va a estar surcando las olas del mar a lomos de su tabla durante una hora y media.

“Cuando uno toma una ola parece que rejuvenece, uno se queda con mejor disposición. Nos da más vida, más confianza, eleva nuestra estima”, expresa a EFE, acompañado de su esposa y su hijo invidente, que también surfean.

Francisco, padre de dos hijos y abuelo de cuatro nietas, es el alumno más veterano de esta clase destinada exclusivamente para personas de la tercera de edad y que se realiza una vez por semana.

La iniciativa se puso en marcha en octubre pasado y lleva la firma de Escuela Radical, que comenzó sus actividades en 1992, siendo la primera escuela de surf pública de Brasil.

La clase empieza con unos ejercicios de calentamiento y coordinación mientras tararean We Will Rock You de Queen y después, “la hora de ser feliz”, dice una de las alumnas mientras carga su tabla en dirección al agua.

“La idea es hacer que se sientan bien, en familia, que no se sientan solos. Promovemos el espíritu aloha, que es trabajar el amor y echar fuera esa cosa de la soledad, que es lo que mata mucho y hace a las personas sentirse enfermas”, explica el surfista Cisco Araña, coordinador del proyecto.

Empezaron con 30 alumnos y ahora tienen inscritos unos 65 en el turno de la mañana. Además, ante la alta demanda, tuvieron que abrir cupo por las tardes, donde hay otros 45 más.

Dice Araña que entre los “meninos” (niños), como así llama a sus veteranos alumnos, hay muchos relatos de personas que estaban “muy tristes, solitarias y con depresión” y que encontraron en el surf una forma de “escapar”.

Uno de esos casos es el de María Aparecida Mobrizi (Cidoka), de 60 años. Profesora de moda durante muchos años, se quedó sin trabajo cuando, a partir de 2010, empezaron a cerrar todos los cursos sobre la materia.

Parada y sumida en una depresión, un día andando por la playa se encontró con Cisco, quien la invitó a sumarse a las clases de surf. A partir de ahí todo cambió.

“El surf me puso ante dos opciones en la vida: o apagarme completamente o reiniciar”, apunta. Ella eligió reiniciar, asegura que este deporte le ha proporcionado una nueva vida y además le ha ayudado a superar el enorme miedo que le tenía al mar.

“El engranaje de la vida comienza a rodar de otra forma, de una forma más armoniosa, más distendida, más leve”, añade.

Con un destreza a priori sorprendente para su edad, la mayoría de los alumnos, todos vestidos con camisetas de lycra moradas, consiguen ponerse de pie encima de la tabla y recorrer varios metros sobre la ola.

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